Cuento: El paseo de las arboledas.

octubre 1, 2020
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Octavio Loyola*

Era un mes caluroso en el trópico ecuatoriano. Por estas tierras andinas llaman invierno a la época de lluvias. Tan diferente a los inviernos de las naciones del norte, donde el frío y la nieve son sus protagonistas.

En una ciudad costera como Guayaquil, que se levanta al pie de un río y está rodeada de manglares, el calor y la humedad hacen mella en el día a día de un colegio grande y bonito, con muchas canchas y jardines, el cual un día fue particular. Hoy es una institución fiscal. Y por la falta de mantenimiento, muchos equipos están dañados o en mal estado, incluyendo los aires acondicionados. Una situación no muy alentadora: estar en un aula calurosa con treinta cinco estudiantes adolescentes, a merced de un artefacto que en ocasiones funciona y en otras no.

A pesar del clima, admiro que los chicos estén siempre activos jugando en los patios. El balón es su gran entretenimiento y siempre están cambiando de deporte: en ocasiones juegan fútbol, en otras vóleibol o básquet, e, incluso, inventan nuevos juegos. Hay que estar animándolos a que ingresen al aula, pues, apenas sale un docente, ellos corren a las canchas. Los inspectores viven llamándoles la atención. Sin embargo, a mí me gusta verlos jugar, especialmente a esos juegos que desconozco.

—Son chicos —pienso—, es mejor que hagan deporte a que se vayan a las arboledas a usar alguna sustancia prohibida.

Y es que, efectivamente, nuestro colegio está rodeado de arboledas. Es algo que amo del centro educativo en el que trabajo: hay plantas y árboles en todos lados. Y para que el calor no afecte la salud y disciplina de los chicos, me gusta sacarlos fuera del aula, donde hay grandes árboles que dan sombra y un céfiro de estío.

Justo en unos de esos días calurosos de diciembre ocurrió el incidente con Burgos. Es un chico fornido y alto. Siempre anda desaliñado y de mal humor. Y es que, con tanto calor, en ocasiones hasta yo me irrito. Era una jornada de evaluaciones y me tocaba tomarles la evaluación de Filosofía. Antes de iniciar la prueba, se dan las instrucciones, y una de ellas es que no saquen el celular. Y eso es justo lo que hizo Burgos durante la prueba. En realidad, no sé por qué lo hizo, pero como se sabe que sacan fotos de las pruebas, entonces se lo toma como deshonestidad académica. Le dije:

—Burgos, tienes que darme tu examen, sabes que no se debe sacar el celular.

Me contestó:

—Pero profe, si no he copiado ni he hecho nada.

—Ya sabes las reglas, le dije.

—No voy a salir, pues no he hecho nada —me contestó de manera grosera y desafiante.

—¡Te vas del curso! —Le contesté de forma airada.

—Ya me largo —me respondió.

No suelo alzar la voz a mis estudiantes. Con todos me llevo bien y son cordiales conmigo. Pero los días de exámenes son días estresantes, y encima el calor de ese día, junto al tono desafiante con el que me habló, hizo que perdiera la paciencia. No trato de excusarme, pero mientras hacía el informe me di cuenta que no debí alzarle la voz, sino, más bien, platicar.

Al otro día iba por uno de los pasillos del colegio y lo miré que venía hacia mí. Era un día nublado y no hacía tanto calor. Había muchos chicos jugando, pues los profesores los dejan salir después de las pruebas. De entre los chicos salió Burgos y me dijo:

—Profe, lo siento mucho, no debí gritarle. Perdóneme por favor.

—Claro Burgos, te perdono. Y discúlpame por haberte contestado de mala manera, pero debes saber que los profesores nos estresamos también, y nos equivocamos; —le contesté.

Después de eso le aconsejé que cuando se sienta irritado o triste, vaya a pasear por la arboleda, que medite o simplemente camine observando su entorno. Que sea más cumplido con sus tareas y que no vuelva a sacar el celular en un examen. Él se comprometió a mejorar en disciplina y académicamente.

Desde ese día, Burgos es más cumplido y respetuoso. Supe después que sus compañeros lo reprendieron diciéndole que yo era un profesor amable y que estaba mal que se portara así conmigo. Al escuchar la forma en la que hablaban de mí, decidí dar un paseo por los jardines del bachillerato internacional (B. I.). Aprovechando el día nublado, realicé un largo paseo, admirando las hermosas flores multicolores que siembran los chicos del B. I.

Medité sobre todo lo que he aprendido en estos cinco años trabajando con adolescentes. Que lo importante es verlos como a hijos propios y recordar que viven una etapa compleja, en la cual hay que aconsejarlos y tenerles paciencia. Y embelesado por las flores y el crepúsculo, volví al esfuerzo diario de ser maestro, esa profesión tan poco valorada, pero tan relevante.

* Cursa la maestría en Educación con énfasis en Investigación e Innovaciones Pedagógicas en la Universidad Casa Grande. Escritor y docente de Filosofía y Ciudadanía en la U. E. Teniente Hugo Ortiz.

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