“No perdimos el deseo de educar”

mayo 24, 2022
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NUEVOS DIRECTIVOS DE LA UCG

“No perdimos el deseo de educar”

Discurso de Audelia High y Tina Zerega, rectora y vicerrectora académica salientes

No hay lugar para el temor, ni para la esperanza. Solo cabe buscar nuevas armas”.
Gilles Deleuze

Ha tocado hablar de nuestros tiempos. Y nuestros tiempos han sido tiempos difíciles, aunque no quisiéramos haberlos pasado en otro lugar que no hubiese sido este. Son tiempos que abarcan desde un Estado que se declaró enemigo de la educación superior privada e hiperregularizó los procesos —lo que fue particularmente difícil para una universidad con pedagogía innovadora y currículos difíciles de comprender y aprobar— hasta tiempos de terremoto y pandemia; esta última una tragedia y a la vez un desafío.

No perdimos el deseo de educar

No perdimos el deseo de educar

Todos hemos perdido algo, perdido a alguien. Pero lo que no perdimos en el 2020 fue el deseo de educar, y de educar bien, de educar con seriedad; y en una situación tan adversa, lo hicimos incluso con alegría.

En Casa Grande, a pesar de estos difíciles tiempos, seguimos haciendo que las cosas pasen. No podemos dejar de agradecer a todos aquellos, que fueron muchos, que hicieron todos los esfuerzos para sostener la educación: atender dudas financieras o de registro los fines de semana, asistir o dar decenas de capacitaciones, adaptar proyectos de titulación a la virtualidad, realizar el seguimiento a estudiantes extranjeros, o en el extranjero, con la ansiedad que generaban los cierres de aeropuertos y situaciones de salud; innovar en la oferta de materias para hacerlas sostenibles, atender situaciones psicológicas por duelo, salud o necesidades tecnológicas, montar un modelo pedagógico en línea y una infraestructura tecnológica en pocos días, hacer proyectos de vinculación o charlas que atendieron a necesidades urgentes de violencia, alimentación, educación o salud mental, digitalizar publicaciones y manejar crisis en entornos digitales; pero también  apoyar a un departamento o persona que necesitaba ayuda por estar pasando por mucho trabajo o un mal momento,  abrir su mente a revisar casos de situaciones especiales, ser paciente ante los retrasos financieros o recortes: todos y todas fueron #héroresdesdecasa. Inmóviles, desde casa, seguimos haciendo que todo se mueva, que las cosas sigan pasando. La incertidumbre nos ha hecho también ser creativos en una serie de procesos académicos y de gestión en el teletrabajo e, incluso, hemos logrado crecer.

Creemos que estos años hemos tenido una serie de logros gracias a ustedes: desde la formalización de algunos procesos que se han planificado y organizado mejor, departamentos que se han fortalecido, reglamentaciones que se han actualizado y negociado entre nuestras necesidades y las demandas del Estado, una acreditación con desafíos, pero sin observaciones, y, sobre todo, una triplicación de programas académicos con nuevos perfiles de estudiantes y nuevas modalidades híbridas y en línea que a veces nos obliga y obligará a pensarnos más como urbanización que como una casa; y eso presenta una serie de retos y desafíos. También hemos tenido otros logros en relación a la producción académica y artística, de carrera de docente investigador, de estructura universitaria, de sostenibilidad financiera, de internacionalización, de carreras para otros perfiles de estudiantes y de nuevos dominios. Pero, en realidad, el mayor logro creemos que es haber sobrevivido como personas, como institución. Estamos aquí, quizás incompletos, pero estamos.

Pensamos que, en esta despedida, más que hablar del pasado, quizás es mejor hablar del futuro. Del futuro más allá de esta “casa”. Hay momentos en que ese futuro parece roto y que es difícil de reparar el mundo, esa casa más grande que esta. El hiperconsumo, el calentamiento global, la extinción, las migraciones por la violencia, por el agua. Las crisis del capitalismo, de la democracia representativa. El control de las sociedades digitales, el narcoestado en nuestra región, que nos enmudece como los muertos en las prisiones. Los afectos tristes, los mares de deprimidos, medicados, de agotados, adictos, la crisis de salud mental que ya se describe en la postpandemia.

El agotamiento no es solo como producto de lo acontecido, de la continua reinvención a la que el sistema nos obliga, de la competitividad y la sociedad del cansancio, sino como dice Deleuze, el agotamiento que nos convierte en incapaces de posibilitar, de pensar otro futuro posible. La diversidad humana multiplicándose, las posibilidades de encuentro que permite lo digital, la explosión de los derechos, los avances tecnológicos, los robots, las automatizaciones y los algoritmos que redefinirán lo que entendemos por humano y todas las profesiones. La extensión de los tiempos de vida a 140 años.

Puede ser, como decía Dickens, el peor de los tiempos. Y puede ser también, como decía Dickens, el mejor de los tiempos. Y seguramente serán las dos alternativas, serán los tiempos también desde la posición que los queramos vivir, desde qué ventana los queramos ver en esta “casa”.

Todas las discusiones sobre la universidad postpandemia  —en América Latina y el resto del mundo— plantean el reto de la caída de la demanda de estudiantes y de la necesidad de generar una educación con mayor valor; alumnos que no están dispuestos a endeudarse el resto de su vida mientras tienen que trabajar en entornos laborales cada vez más precarizados y flexibles del que nos atrevemos a decir. No es tanto, quizás, una generación frágil, sino que les hemos dejado además un mundo con fragilidades en la  economía, el medio ambiente y la democracia.

La pandemia, en cambio, nos ha convencido de que, sin importar el programa o carrera —que además puede redefinirse rápidamente o incluso desaparecer en pocos años— nuestra metodología tiene varios valores agregados: los Casos, Puertos, Laboratorios hacen que los estudiantes puedan “caer de pie” en cualquier situación problemática, innovar y ser resilientes; porque les hemos enseñado a arriesgarse y equivocarse. Nos ha enseñado que las crisis son también “Puertos” de otro nivel con problemas a resolver y que, para resolver problemas nuevos, hay que continuamente desprenderse.

Harari dice que el aprendizaje ya no debe ser como una casa, sino como una carpa; un aprendizaje nómada, un grupo de habilidades flexibles que podamos llevarnos y armar en cualquier parte, situación, país o pandemia. Los nómadas viajan ligeros. Ya hay universidades denominadas como disruptivas que tienen solo unas pocas materias generales, o que no tienen ninguna, y solo se desarrollan proyectos o retoman los títulos en cadena. Nosotros somos una universidad disruptiva también, rara, a veces incomprendida, pero es una rareza que consideramos necesario mantener.

Los teóricos indican además del nuevo prestigio de la virtualidad y de la necesidad de hibridación de los currículos y programas o desarrollo de currículos blended. ¿Cómo asumir el reto sin olvidar la emoción, el humor, el deseo que a veces solo se produce entre cuerpos e ideas que se encuentran?; ¿cómo hacerlo sin correr el riesgo de reducir al otro a una pantalla? Muchos teóricos plantean la necesidad de, más allá de incorporar la educación en línea, digitalizar todos los procesos e incorporar a la inteligencia artificial para predecir problemas educativos y atender dimensiones de la gestión.

Se plantea, además, la demanda creciente de investigaciones aplicadas, de una vinculación a los problemas latinoamericanos. La pandemia debería implicar preguntarnos, como sistema universitario en articulación con el Estado: ¿por qué no podíamos desarrollar vacunas o insumos de salud?; ¿por qué no tenemos inmunólogos?; ¿cómo digitalizamos todas las profesionales para enfrentar este nuevo reto y los cambios de la automatización?; ¿podemos las universidades aportar con conocimientos y respuestas a los niños desnutridos y sus familias, a disminuir la violencia de género, a crear empresas más sostenibles y sistemas laborales más justos para los jóvenes, a hacer mejores nuestras cárceles o sistemas de salud? La digitalización de procesos, cómo generar trayectorias más flexibles, cómo involucrar los objetivos del milenio y los problemas reales (migración, calentamiento global, crisis democrática, corrupción, narcotráfico, violencia de género, pobreza, desnutrición, salud pública), serán nuestros nuevos retos. No debería haber ninguna discusión del sistema universitario —que no tenga esos problemas de fondo— para preguntarse por la relación entre calidad universitaria y contribución a la calidad de vida de otros como parte de los propios indicadores de su quehacer.

La cooperación nacional e internacional se plantea como parte de los retos. La internacionalización de la educación no pasa solamente por un formalismo curricular o de aumentar la movilidad estudiantil: es que intercambiar ideas y hacer proyectos, escuchar a otros, nos enriquece y ayuda a construir los ciudadanos del mundo que enfrentarán cada vez más entornos laborales internacionales gracias al teletrabajo, las migraciones y los problemas que son de naturaleza global.

La educación puede ser también un arma cargada de futuro. Nussbaum plantea en ese marco el reto de las humanidades en la universidad: el examen crítico de uno mismo, la idea del ciudadano del mundo y el desarrollo de la imaginación narrativa. La primera es la necesidad de desarrollar procesos en que examinemos críticamente nuestras vidas, nuestras acciones, nuestras profesiones, las creencias que forman parte de nuestra concepción de realidad; concepciones que deben cambiar y ampliar su mirada, pero, a la vez, deben venir acompañadas de la capacidad de imaginarnos otro mundo posible.

Finalmente, un gran GRACIAS a todos aquellos —algunos no siguen con nosotros o siguen con un pie desde afuera, pero siempre trayendo nuevas ideas— que nos han ayudado a hacer universidad durante cada uno de estos años, desde lo macro hasta lo micro: planificando y creando nuevos departamentos o presupuestos, creando e implementando nuevas carreras y programas, llamando a estudiantes para registrarlos o hacer seguimiento de pagos, revisando aulas virtuales en Moodle o haciendo seguimiento en Zoom, atendiendo estudiantes con dudas tecnológicas o en situaciones de crisis, creando viajes al extranjero, apoyando o coordinando a un profesor nuevo, creando materias nuevas, asesorando una situación jurídica sencilla o compleja, poniendo el corazón en las unidades de titulación, haciendo actividades innovadoras, filmando actividades o iguanas para obtener una sonrisa o atraer la atención hacia una información, u organizando un viaje académico. En nuestro caso, también a nuestras familias, madres, hermanos, hijos, nietos que nos ayudaron, desde lo doméstico y afectivo, a sostener el cargo en los momentos más difíciles. A amigos, que a veces desde el teléfono, “en corto” o con su presencia, nos han sostenido también “de largo” en estos últimos tiempos.

Gracias a todas aquellas personas con las que en momentos difíciles pudimos contar para apagar un incendio o conocer algo que pasaba de verdad, a las que pudimos decir “escucha esto, pero no como vicerrectora”, o que me dijeron “escucha esto, pero no como vicerrectora” en ambientes de discreción; pero, sobre todo, de escucha por fuera de roles. Y también, en mi caso (Tina), a mis grupos de investigación y de estudio que siempre significaron un espacio para pensar y preguntarnos por problemas más allá de esta “casa”, de la gestión de lo cotidiano que te pone en perspectiva sobre aquello que pasa afuera, de no olvidarnos de ciertas preguntas humanas; de verdad. También muchas gracias de mi parte al Liceo Los Andes, con directivos y colegas que entendieron las exigencias del cargo y respetaron las necesidades de tiempo y presencias.

Dejamos escritas estas frases de cierre. Una de Villarutia: “Vámonos inmóviles de viaje. Vámonos inmóviles de viaje para ver la tarde de siempre con otra mirada, para ver la mirada de siempre con distinta tarde.” La otra, que nos la han escuchado algunas veces: “Si te toca vivir en tiempos muy difíciles, no hay que pedir que los tiempos sean mejores. Lo que hay que pedir es tener las fuerzas necesarias para confrontarlos”.

Ya en 2021, quizás no podemos pedir el fin de la pandemia y de las crisis políticas, económicas y sociales que la acompañan, pero sí podemos pedir mantener las fuerzas personales y como institución en nuestra “casa”, para seguir educando con incertidumbre, pero sosteniendo la misma pasión. Que en el futuro nos vayamos inmóviles a seguir educando y aprendamos de estos dos años que educamos inmóviles desde nuestras casas, pero en el que sí se nos movieron y movimos nuestras ideas.

Ese es nuestro deseo para Bernardita y Ernesto, que puedan mantener las puertas y ventanas abiertas para, en esta crisis, entendida más como un cambio, circulen esas fuerzas y energías; podamos ver siempre las oportunidades y no solo los problemas para confrontar este nuevo mundo que se viene y que tenemos la responsabilidad de hacerlo mejor.

Y tener la seguridad de que, si bien como dicen los psicoanalistas: educar y gobernar —y gobernar la educación desde cargos como esos— es un imposible; pues tengan la seguridad, y lo decimos por experiencia de que —incluso a pesar del sano disenso que en las organizaciones complejas y con gente inteligente y apasionada se produce—, ustedes encontrarán  en esta “casa” personas comprometidas y con ganas, incluso en los momentos de peor crisis… como dicen los filósofos, de posibilitar, de buscar nuevas armas.

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