La ‘ejemplaridad pública’ de Javier Gomá*

marzo 12, 2021
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El 5 de noviembre de 2020, gracias a la alianza entre la Iniciativa Cívica 200 años Guayaquil Independiente de la Municipalidad de Guayaquil y la Universidad Casa Grande, escuchamos la conferencia virtual del filósofo español Javier Gomá, “Ejemplaridad pública”.

Es Doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho, Gomá, quien ha escrito relevantes obras filosóficas y literarias, pertenece al cuerpo de letrados del Consejo de Estado español y dirige la Fundación March.

En el evento también participaron, con reflexiones y comentarios, Marcia Gilbert, presidenta del Consejo de Regentes de la UCG; Gustavo Noboa, expresidente de la República del Ecuador; Francisco Huerta, miembro del Comité Bicentenario y subdirector de Expreso; Audelia High, rectora de la UCG; y el profesor Eduardo Albert. Ventanales ha resumido la conferencia, cuya versión extensa se encuentra a disposición en Facebook UCG.

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Lo primero que quiero decir es que la ejemplaridad no pertenece a nadie. Está ahí desde el origen de los tiempos, en los refranes y en la sabiduría popular. Ha funcionado como principio rector en la moralidad de las personas y los pueblos; lo saben los padres, los educadores, los gobernantes. Esto es lo más asombroso, su innegable realidad práctica, pero su escandaloso olvido en tiempos contemporáneos.

En Tetralogía de la ejemplaridad (2014) propongo un sistema articulado en torno al concepto de ejemplaridad, que corresponde a las dos grandes preguntas que, a mi juicio, debe responder la filosofía: la pregunta ontológica es “¿qué es el ser?”. La respuesta es el universal concreto del ejemplo. La otra es pragmática, ¿en qué consiste el ideal y qué propone? El ideal que propone es la ejemplaridad.

Es un concepto de amplísima fuerza expansiva que atraviesa distintas materias: psicología, ética, axiología, derecho, ciencia política, historiografía, teoría de la cultura, estética, antropología, ontología, teología. El ejemplo es una cuestión de hecho; la ejemplaridad es un imperativo moral. El ejemplo tiene que ver con el ser; la ejemplaridad, con el deber ser. El ejemplo es positivo o negativo, pero la ejemplaridad es siempre positiva.

Todos somos ejemplos para todos, y lo decisivo es elegir racionalmente el modelo que queremos imitar. La naturaleza peculiar de la verdad moral es otro principio: qué es la valentía, qué es la decencia, qué es la justicia o qué es la ejemplaridad. Lo único que nos revela la verdad de la verdad moral es el ejemplo, nunca el concepto.

El ejemplo posee una extraordinaria importancia en la educación del corazón. La educación del ejemplo, la reflexión filosófica de la elección racional del modelo a seguir tiene una importancia sentimental y educativa de primer orden. El ejemplo no admite parcelaciones, todo ejemplo es público. Como dijo Wittgenstein sobre el lenguaje: no hay lenguajes privados; se borran las fronteras entre lo público y privado. Beneficiamos o perjudicamos con nuestro ejemplo.

El ejemplo es un hecho, mientras que la ejemplaridad es un imperativo, pero no está desconectado del hecho. Como mi ejemplo impacta en el círculo de influencia, positivo o negativo, el deber moral es que mi ejemplo sea civilizador; que lleve a la comunidad a ser más cívica y propicia a la convivencia. Quien es ejemplar, remite a la ilusión de un ideal, como una propuesta de perfección que indica una dirección, ilumina la experiencia individual; porque le oferta un sentido y moviliza las fuerzas latentes, permitiendo el progreso moral del pueblo.

La ejemplaridad tiene una naturaleza conflictiva. En mi libro Filosofía mundana (2016) incluyo un micro ensayo que titulé con un tono humorístico Amor, lujo y buena conciencia, en el que explico el enunciado de que el mal ejemplo absuelve y el buen ejemplo condena. El buen ejemplo me interpela y me obliga a responder por mi vida: ¿por qué no practico yo ese buen ejemplo, si está visto que es cívico y posible? Si alguien es justo, ecuánime, leal, ¿por qué no lo soy yo? Si otro buen ejemplo es solidario y compasivo, ¿qué me impide a mí serlo? Si un tercero exhibe civismo y urbanidad, ¿dónde queda mi barbarie?

La ejemplaridad es un ideal atractivo, capaz de movilizar el entusiasmo colectivo, pero, por otra parte, es objeto de odio de personas que ven en ese ejemplo una apertura de juicio contra la vulgaridad de uno. En 2009, cuando salió mi libro Ejemplaridad pública, el lenguaje de la ejemplaridad no gozaba de actualidad filosófica, política ni periodística, y causaba recelo. La editorial me pidió cambiar el título, porque el concepto de ejemplaridad no estaba vigente. Hoy es usado por todos, desde el pueblo hasta los políticos.

La Tetralogía lo resumo en dos principios: respeto a la ley y a la vida privada. El concepto de ejemplaridad venía a satisfacer una demanda. Conductas de personas que no eran procesadas judicialmente o eran absueltas, repugnaban a la percepción mayoritaria de lo decente y honesto. Se necesitaba una palabra que explicase este plus extrajurídico de exigencia moral a dichas figuras. Y la vida privada consiste en uno de los derechos civiles más importantes conquistados por la modernidad.

La democracia reconoce que cada ciudadano tiene la prerrogativa de elegir el estilo de vida que prefiera, sin interferencias ni tutelas públicas. Desde una perspectiva jurídica, elegimos un estilo de vida que no es castigado, mientras no violemos la ley ni perjudiquemos a un tercero; pero desde lo ético, desde la perspectiva de la ejemplaridad, no existe la vida privada, todos somos ejemplos para todo, siempre.

La ejemplaridad sugiere ese plus de responsabilidad moral extrajurídica, en especial a quien desempeña cargos financiados por el presupuesto público. Necesitábamos un nombre para designar esa exigencia de decencia y honestidad que va más allá del cumplimiento de la norma. “Ejemplar” es un concepto que responde a la pregunta de cómo es en general alguien y si parece o no digno de confianza. La ley es un enunciado que llama a la obediencia y que prevé sanciones en caso de incumplimiento; pero junto al lado coactivo de la actividad política, estaría el lado existencial. ¿Y qué es un político? Es un ejemplo, por su notoriedad, una fuente extraordinaria de moralidad social. Puede ser un buen ejemplo que genera ondas de cohesión cívica o un mal ejemplo que ocasiona desmoralización y vulgaridad en la sociedad.

¿Cómo conseguimos que se generalice el civismo? La única manera es generalizando el ejemplo cívico, la buena costumbre, su realización espontánea y masiva sin coacción. El concepto más transformador de los últimos tiempos ha sido el de la igualdad, que exige que la ejemplaridad no sea aristocrática, sino igualitaria.

Lo que separa la ejemplaridad de la vulgaridad está inscrita en el corazón de cada uno de los ciudadanos, porque la idea es que todos superen su propia vulgaridad y realicen un comportamiento cívico, no por la amenaza de la ley ni por recompensa o premio, sino por su propia elección, por propia reforma de su vida. La costumbre no es más que la generalización de la virtud de la ejemplaridad.

¿Cómo reformar la sociedad? Es mediante la llamada a la ejemplaridad de todos y cada uno de sus ciudadanos y la esperanza de que la reforma de vida convierta el ejemplo en ejemplaridad; una invitación a una vida digna, bella, cívica, que produzca ondas de generalización que conviertan a la sociedad, que ya es libre, en una elegante.

Se dice que el objetivo de la educación es convertirnos en ciudadanos críticos, en el sentido de discernir entre lo bueno y lo malo; no en ciudadanos criticones, en quienes prevalece la crítica sobre la capacidad de disfrutar. La crítica tiene sentido solo en la medida en que nos hace ciudadanos gozosos, no cuando nos impide disfrutar del gozo, de la alegría inteligente.

Me gusta referirme a mi libro Ingenuidad aprendida (2011), porque hay una ingenuidad de primer orden, que es la del niño que mira y habla, sin saber lo que está haciendo; pero hay también una lucidez, un escepticismo que invade al hombre cansado de la vida, cuando ha recorrido un buen trecho del camino y piensa que los desengaños son excesivos y no le dan derecho a disfrutar del gozo de la vida.

La ingenuidad aprendida es la de aquellos que conocen lo negativo de la realidad, pero que eligen esa inocencia, que les permite elevarse al ideal, a aquello que les sigue proporcionando un gozo y alegría inteligente. Es importante no solo tener inteligencia, sino también sabiduría. Astuto es quien escoge los medios para conseguir un fin, sabio es el que elige bien el fin, aquel que le permite llevar una vida buena; ir de la inteligencia a la sabiduría para volver a optar por una ingenuidad aprendida que nos lleve de nuevo a las fuentes de entusiasmo.

El progreso moral consiste en pasar de la ley del más fuerte —la cual rige en la biología— a la ley del más débil —la cual se da en la cultura—. Pese a sus conocidas deficiencias y defectos, la sociedad ejerce, poco a poco, un verdadero paso de la ley del más fuerte a la del más débil, signo distintivo del progreso moral.

No sé lo que ocurrirá en el futuro, todo progreso es reversible. La civilización es un castillo de naipes edificado sobre arenas movedizas, y en cualquier momento se puede deshacer. Pero si se echa un vistazo a los últimos dos mil años, mil años, quinientos años o cincuenta años, con muchos rodeos, con bajadas al infierno, con personas quedándose en la cuneta, lo cierto es que ha habido no solo progreso económico y material, sino también un avance moral.

Si me preguntan cuáles son los fines de la educación universitaria, respondo que tiene dos: crear buenos profesionales que desarrollen un oficio, y con ello se ganen la vida; y formar buenos ciudadanos, conscientes de su dignidad. En mi último libro, que se titula Dignidad (2019), precisamente defino esta palabra como una excelencia, una cualidad que todo hombre y mujer tienen. No se puede atropellar la dignidad individual en nombre de la mayoría, ni siquiera de la democracia.

La política es el arte de obtener el poder, y con el poder, obediencia. El poder tiende a convertirse en poder absoluto, y lo mismo ocurre con la economía, que es la disciplina en virtud de la cual las empresas obtienen un lucro infinito. Si no se le ponen límites, la tendencia es convertir a los ciudadanos en consumidores y los bienes morales en mercancía.

Necesitamos un contrapoder, y el más importante es una sociedad ilustrada que elige, en ese sufragio permanente que es la costumbre, aquellos políticos que son decentes y ese comercio que es justo. Desde el punto de vista económico-social, es determinante en un país que quiera ser moderno, la creación de una clase media que no pertenezca a las oligarquías y tampoco a un antiguo campesinado que bordeaba a la servidumbre, sino una clase formada por ciudadanos y profesionales, que es el ámbito propio de generalización, del buen ejemplo que cunde o termina en una opinión pública ilustrada.

* Por Gilda Macías

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